Cuando escribimos una carta, solemos hacerlo estacionándola en el contexto de un recuerdo. Siempre hay uno que nos evoca nuestro destinatario: una mañana en un pequeño lago en una remota y pequeña ciudad latinoamericana en el que aquella pequeña niña solía asomarse con sus trenzas largas y sus mejillas ardiendo por el frío y seco aire o tal vez a un modesto y bastante animoso anciano descuidado en medio de una de las montañas más altas en los Balcanes, rebosante de un temible verdor, quien vendía botellas de agua para los deportistas. Y cuando el destinatario no es un alguien sino un algo, quizás se convierte en una oda, un poema a aquel sentimiento que nos evocó. Al menos, a pesar de buscar todas las palabras y formas posibles de hacer entender un mensaje tan basto y sincero, sigue resultando insuficiente porque el simple hecho de buscarlas, le quita lo sincero. No obstante, los sentimientos son efímeros o, de otro modo, aún seguiría enojada con tantas personas y tantas cosas.

Uno puede creer que antes de los 30 tiene muy poco o muchísimo que decirle al mundo a través de una carta. Cuántas veces no hemos tomado causas aparentemente justas para unos, injustas para otros, ¿verdad? Y siempre ellas están donde están, esperando a acompañarnos en la incesante labor de pensar. ¿Cuánto más podemos seguir haciéndolo mientras se nos acaba la vida y los sueños? Pero seguimos dando por hecho que los dioses hicieron la juventud para soñar con los ojos abiertos y agotar nuestra vitalidad en una causa. Precisamente escribirles cartas antes de los 30 deja hitos en la vida que permiten descubrir la evolución, no solo del cuerpo, si no del mundo interno.

Dicho esto, quizás deba empezar agradeciéndoles por esos recuerdos y esa necesidad de decirle al mundo tantas cosas, ¿o no? Pero, ¡qué tonto! Una de ustedes me demostró que no habían emociones que pudieran reflejarlas. Me he encariñado profundamente con cada una de ellas. Ha sido casi siempre como una especie de relación tóxica – y vaya a saber cuántos términos más usaré para describirlas que ya no hayamos discutido entre las madrugadas- maquiavélica, hilarantes, pero necesaria.

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