Lima, 04 de abril de 2020

Mientras tanto, había olvidado durante el encierro, que tenía una idea más o menos clara de lo que suponía dejar atrás los males del espíritu y de la mente mediante el simple hecho de escribir. Es casi una norma de los escritores liberar el resoplido asfixiante en un puñado bien adornado de letras. Había olvidado cómo era soltar emociones en el papel en blanco. Y no logré hacerlo. Al menos no hoy. Por alguna razón no me atrevo a describirlas, pero algo pasó.

Hoy podíamos salir las mujeres a las calles, y después de tantos días de encierro y con un clima verdaderamente voluble logré sentir el sol. Fui a comprar una bebida para el almuerzo, pero jamás entenderán cuánto pudo haberme servido caminar tan solo unos metros bajo el sol. Evidentemente, no haberlo hecho en algún tiempo me provocó jadeos debajo de la mascarilla, pero eso era nada frente a las inmensas ganas que tenía de llorar desde hace días.

¿Miedo? Como todos, creo. Pero más miedo le tenía en aquel momento a esa depresión que se me asomaba cautelosa sobre los ojos y sin poder comprender en absoluto el porqué. Pronto encontré cierto alivio en esos pequeños rayitos amarillos, en ese cielo azul que jamás hubo en la tierra con humanos.

Tras regresar, me duché y lo que no pude hacer sin evocar recuerdos turbios surgió en ese preciso momento: un puñado de lágrimas confundidas entre jabón, agua y shampoo que se perdían en la cañería. Casi parecían una metáfora de las lluvias propias de una tormenta que terminaban juntándose todas en la corriente de un río.

El sol seguía alto y aproveché a subir al techo cuando pude. Y bailando entre el tendal y las toallas agitadas por el viento volví a sentir como me quemaba el rostro. ¡Ya que importaba quemarme, un cáncer de piel o las pecas que me saldrían después! Ese sol de las 4 me revivió al punto de hacerle un pequeñito baile privado que le regalé casi como ofrenda.

Es que me había nublado. Me había dejado apabullar por todo lo que esto ocasionó. Los sentimientos de fracaso, la soledad de mi habitación blanca. Que cuando quiere es refugio y cuando no, una celda. A él le puse en duda mi amor; a ellos, mi estabilidad. ¿A los otros?… Es que el resto jamás me ha importado tanto como me importan esos míos, y creo que todos tenemos esos nuestros que si nos ven flaquear nos observan un poquito más a conciencia que de costumbre; esos que son cable a tierra, digo.

Pronto pensé en todos aquellos románticos que aún vivimos por ahí, que vemos a las gaviotas volar libres como nunca fueron mientras nosotros estábamos ahí. Recordaba, mientras rendía culto a esos rayos mortecinos de un sol otoñal de abril, en aquellos que veían por primera vez a través de sus ventanas, los otros que dejaron el móvil y se pusieron a leer; aquellos que descubrieron que amaban hacer tartas y los otros que con verse de nuevo a los ojos se enamoraron otra vez.

Y no hay nada en el mundo que pueda si quiera reemplazar una verdad tan bella y cierta como que hay un cielo azul y más gaviotas al atardecer, ¿o no?

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