No habían fuegos artificiales. No había cena, ni regalos debajo del árbol, ni conteo regresivo. No había música, ni fiesta, nada. Era 24 de diciembre de 2016, estaba viviendo uno de los tantos sueños de mi vida desde que era niña y sentí, quizás, la tristeza más grande que me invadió al cumplirlo.

Uno nunca espera que al cumplir sus sueños, luego la vida le haga saber que no todo es color de rosa. Pero ¿cómo podía saberlo en medio de la locura que significa tener 22 años? El ambiente me engañaba en medio de tanta calidez y la embriagante sensación de libertad e independencia me nublaba tanto la verdadera carencia de paz que recibía en mi verdadero hogar y de la que no era testigo hasta aquella noche.

Llegué a lo que era mi casa, pero aún me era imposible adecuarme y llamarla como tal. Abrí la puerta, me quité los zapatos, comprendí que nadie me recibiría con un fuerte abrazo, nada. Seguí caminando sobre aquel apartamento vacío, carente de vida, de voces, de ruido. La nevera clamaba a gritos que la abriera o al menos así sonaba en mis oídos mi estómago famélico no convencido aún de necesitar algo de comer.

Lejos de encontrar el cariño de una ensalada de manzana a medio hacer, con ese conjunto de pasas, apio picado y duraznos esparcidos que mi madre solía colocar en ella, obtuve una cerveza en consuelo. Tomé la laptop y la abrí. Pronto una llamada sacudió mi estado de ánimo. Mis padres llamaban para saber qué tal había pasado Navidad.

Sin darme cuenta, las doce ya habían pasado en el bus de regreso a casa y lo subsiguiente era mi cena navideña. Saludé, reí y al ver el departamento vacío, una lágrima sucedió a la otra y me inundó, al fin, la culpa de saber sí era lo correcto, si estaba bien haber deseado con tantas fuerzas alejarme de mi hogar para obtener a cambio quizás, una de las veladas más tristes de mi vida.

Estar lejos de casa nunca ha sido fácil y para alguien que jamás había cortado el cordón umbilical con los suyos resultaba aún más duro. Resultaba muy fácil a esa edad creer que no necesitaba a nadie, que era invencible estando sola, pero es probablemente el engaño más grande que alguna vez tuve que admitir hacia mis adentros que no era verdad. Aún era una niña destetada a la fuerza, una niña que descubría que para comer había que trabajar duro y si quería ropa o aparatos electrónicos nuevos, pues debía pagarlos con horas extras que costaban horas de sueño. Porque jamás había vivido sola con tanta gente extraña a mi a alrededor.

Después de aquel momento emotivo, tomé la botella de vino que había llevado para celebrar y apagué la calefacción. Era invierno en Florida y era una noche fría de las pocas que existen en ese pantanoso lugar. Coloqué música y llené la bañera. Coloqué el vaso a medio llenar, la botella de vino y una toalla cerca. Amy Winehouse me hacía los honores.

– “Siempre hemos sido tú y yo, ¿cierto? No soy tan fuerte como creía”

– “You should be stronger than me. You’ve been here 7 years longer than me…”

Y parecía que tuviéramos una conversación a medida que las canciones cambiaban en el reproductor. Amy me había acompañado desde aquellos momentos de intranquilidad durante mi adolescencia en las que el alcohol, las malas decisiones y la depresión solo me consumían como un cóctel venenoso inyectado adrede por la inestabilidad emocional. Aquella vez no era una excepción.

“And I go back to black”

– Creo que yo también, no tiene sentido desear algo con tanta fuerza para obtener esto a cambio.

¿Pero dejarme vencer? Refugiarme en ella, en una copa de vino, en la incesante necesidad de hundirme en esa bañera y despertar de nuevo con los míos, no era más que el dulce y seductor acoso de la ansiedad. Descubrí que la tenía en todos lados, incluso fuera de mí.

– La haré desaparecer.

“Just disappears soon as the sun set”

De ahí en adelante solo recuerdo haberme despertado con un fuerte dolor de cabeza en el colchón medianamente cubierto por mis sábanas. Cansada de llorar, había cedido a Morfeo, pero al menos había desfogado todo. No había ansiedad; sin embargo, aún me dolía el engaño de la vida.

No era solo no compartir con mis padres la Navidad, ya que simplemente era un evento más del año. Era lo que significaba estar totalmente sola en aquellas fechas en las que uno suele no estarlo y enfrentarse a sus pensamientos, cuestionándose, totalmente, el recuento de un año a punto de acabar. Era descubrirse en medio de las falencias que restaban tras un año tan bizarro en lo que respectaba a mi vida personal.

Pronto comprendí que no estaba sola. Conversé con un conocido quien me explicaba que le pasaba algo similar en la distancia, tenía dudas, estaba consternado. La depresión nos había tomado en momentos distintos. A él en la algarabía de estar frente a unos, a mí, en la soledad de mi habitación.

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