Creer en algo o alguien no hace superior ni inferior a nadie. En la vida hay muchas cosas que no parecen tener concordancia, ¿no es así? Especialmente cuando de creencias se trata. No todos cumplimos con los que nos manda la Biblia, el Corán o la Torá. Y luego andamos inventando pretextos para decir “es que yo no creo de esa manera”. ¿A cuántos católicos oímos decir eso? “Yo creo en Dios, no en la Iglesia”, dicen y basta con decir eso para que las libertades afloren.

Fui bautizada como católica y posteriormente, casi como una moda enfermiza de la secundaria y para ampliar mi vida social me inscribí en una parroquia para confirmarme. Fue precisamente en este último acto que descubrí que no sentía ese gozo del que todos hablan. En esa parroquia conocí a muchas personas que, lejos de seguir las doctrinas, terminaron por llevar dobles vidas, pero a las 8 de la mañana o a las 6 de la tarde cantaban cuán alabado era Dios por bendecirlos gratamente.

La hipocresía abundaba. Aún más cuando alguien se persignaba antes de cometer un crimen o cuando alguna vez vi a una prostituta quitarse el rosario del cuello y ponerlo en su cartera y logré visualizar toda una escena mientras esperaba en el semáforo rojo. Así, las palabras de la catequesis me llenaban la cabeza de letras: “No fornicarás”, por ejemplo; y la mujer abrazaba a un hombre que se le acercaba. “Porque los labios de la mujer extraña destilan miel, y su paladar es más blando que el aceite; mas su fin es amargo como el ajenjo, agudo como espada de dos filos. Sus pies descienden a la muerte”, y él le desliza las manos sobre sus caderas, mientras ríen, se besan, se enrojecen, y entran a un hostal.

En un país predominantemente católico, no llegaba a comprender algunos hechos que siguen sucediendo: roban, violan, matan, corrompen y sacan la vuelta a la ley cuanto más pueden, y no son pocos, sino una amplia mayoría. ¿Y Dios? Sigue siendo una excusa.  En un mundo predominantemente religioso, ídem (y es aplicable a todas la religiones).

Y así, algunas personas me han cuestionado el referirme a Zeus en exclamaciones, en afirmar creer en el Olimpo, pero al menos prefiero “creer” en dioses no tan perfectos, más humanos y sinceros con sus propias emociones y deseos. Al menos, no se restringían los placeres de la vida y si a eso se le llamaba ser pagano en la antigüedad, hoy es simplemente ser humano. Quizás debamos empezar por ahí… ser un poco más humanos y no pretender ser dioses.

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