He visto por largo tiempo cómo una flor puede llegar a marchitarse. Es casi como cuando uno se olvida que tiene que desfogar todo aquello que lleva dentro y poco a poco se consume. Pero en las plantas me sigue pareciendo aún más triste, puesto que su final, de ser algo tan hermoso, culmina en una degradación máxima de su naturaleza.

Empiezo con ello porque así es como se vuelven las manos cuando dejas de escribir por un tiempo. Al dejar de expresar aquello que te mueve el mundo, puedes acabar en algo tan parecido como una flor marchita, un fósil. Me he dejado llevar ahora por pequeños fragmentos de poesía simplista que afloran como versos cada mañana al despertar y son consecuencia de sueños bastante extraños que surgen de pronto.

He dejado atrás, en cierta manera, los recuerdos de mis trotes por diferentes países para sumergirme en una misión de búsqueda interior. A veces es bueno preguntarse: ¿en dónde estoy? y ¿a dónde planeo llegar con todo esto? Y es muy simple cuando te respondes porque puedes empezar a recuperar el rumbo de nuevo.

Me ha encantado que un amigo mío me oiga distinta a través del teléfono, que otros noten que cobro más fuerza con el pasar de los días, que, de pronto, alguien me diga que me sienta bien el brillo en mis ojos, porque son buenas señales del éxito que se avecina aunque no lo vea aún.

He dejado de escribir un tiempo para dispersarme en el mundo y lejos de él. He creado poemas que aparentan ningún sentido, pero describen en mensajes ocultos mis momentos de lucidez en las madrugadas. Y aún jamás podría llamarme una poeta porque son solo rimas cómicas, lejos de una premeditación, un estudio, o una seria consciencia de aquello que escribía.

Pero lo propongo a modo de ejercicio por si un día quieres sentirte libre: escribe lo que quieras, que solo tenga sentido para ti. Déjate sentir en cada cosa que describas entre versos y rimas. A veces es la mejor manera de ser libres y si no resulta nada de ello, es mejor guardar la calma y ser pacientes: nadie se volvió un artista de la noche a la mañana.

Escribir después de mucho, resulta magnífico, ¿sabes? Es casi como una planta de esas hermosas, que se apagan y pierden color cuando no tienen luz ni agua, pero al primer sorbo, resucita victoriosa: le ha vencido a la muerte.

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