Allá por las alturas entre un abismo al otro lado del castillo de Kotor en Montenegro, un hombre con su pequeña cabaña nos saludaba con gran delicadeza. En un inglés bastante difícil de comprender, nos preguntó de dónde éramos. Y lejos de atinar como el resto a mencionar que nuestra comida es deliciosa o que tenemos una de las 7 maravillas del mundo, su voz ronca y campesina pronunció muy bien el nombre de aquella canción que marcaba más que cualquier otra cosa, el sentimiento del ande peruano: El Condor Pasa.

¿Quién imaginaría en medio de esas rocas y montañas empinadas rumbo a un castillo en uno de los lugares más recónditos de los Balcanes, que un hombre anciano conocería esta canción? Mi corazón se derritió en segundos.

Tanto casi como aquella vez en Orlando, Florida. En un parque temático, un músico Uruguayo no dudó en entonarla en su hermosa arpa andina. Es una de esas melodías que no solo te llenan el alma, sino que sirve de llamado para quienes estamos lejos de su origen. Un llamado que no todos comprenden, pero quienes le pertenecen a una tierra de cumbres nevadas, donde un ave tan majestuosa como esta pasa, es simplemente un himno que llega al corazón.

Pero, ¡cómo olvidarlo! Era un día lluvioso, de esos que suelen aparecerse en un lugar tropical. Era quizás el día más triste cuando no hay muchas personas en un parque de diversiones como Disney. Se aproximaba una tormenta y, a veces, pasarlo dentro de casa, era mejor. Pero esa lluvia trajo consigo una melodía. Poco a poco cobraba más sentido en la medida que el sonido se hacía cada vez más fuerte y así, sin más, toda la canción sonaba en un ritmo maravilloso.

El cóndor pasa… a veces llamada zarzuela peruana, es simplemente una melodía creada por el compositor peruano Daniel Alomía Robles en 1913, y cuyo libreto es obra de Julio de La Paz (seudónimo del dramaturgo limeño Julio Baudouin). ¡Cómo es posible que hayan pasado más de 100 años y aún nos siga llenando el alma!, ¿verdad?

Y como olvidarla, si tiene un matiz de añoranza que ha hecho caer a muchos ante la emoción de sus instrumentos, una emoción propia de quien, a través de ellos a amado una tierra bendita y la ha dado a conocer al mundo entero. Es una melodía que, cuando estás lejos de casa, te da una paz indescriptible; te infla el pecho de orgullo.

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