Sabes que has terminado con algo tóxico cuando duele. Sí, duele. Duele hasta en los intestinos, el pecho, los hombros, todo. Es como un odioso malestar después de una botella de José Cuervo, limón y sal. Sabe amargo como una traición, una que te hiciste a ti mismo. Tan amargo y puro que te limpia las venas y empiezas de nuevo. Y cuando todo vuelve a renacer, acabas con una sonrisa en la cara, amándote de nuevo, en medio de una felicidad inconmesurable. Hasta entonces, todo parece estar bien.

Pero, espera. Porque luego empiezas los famosos “y si…” que tanto acallaste bebiéndotelos en lágrimas. Ahora piensas todo lo que ha pasado más detenidamente. Ahora, quizás le puedes encontrar un poco de lógica, pero comprendes que lejos de la lógica, hay una suerte de decadencia. Da pena pensar que puedes dejar de ser tan fuerte, que te pudieron manipular, que te pudieron arracar de lo que era un sueño para terminar viviendo una pesadilla. Y es que sí, es en ese momento en el que recién eres consciente que a veces era mejor estar solo, ¿o no?

Es justo en ese instante en el que empieza la abstinencia. El verdadero sufrimiento ya no está en quien te lo infligía. Ahora radica solo en ti mismo, en ese querer volver a atrás y recordar los pocos momentos en los que, a pesar de todo, eras feliz. Pero, es cierto. ¿Cómo puedes sentirte deseoso de querer volver a ello? Y la misma pregunta surge para un adicto a las metanfetaminas, por ejemplo.  Y cuando vives sumido en amores tóxicos equivocas todo; se vuelven un nubarrón de confusiones donde el dolor es siempre el mismo, sea amor de verdad o sea abuso.

Foto propia.

Pero, un rayito de luz puedes encontrar a la distancia. Ese momento de soledad es lo más precioso que puedes tener en un momento como ese. Es aquel en el que debes despedirte de esa versión ingenua que aún creía que el amor era así, porque cuando descubres que te ha dolido, cuando descubres todo el daño después del gran terremoto en tu vida, comprendes que ha sido lo que necesitabas para hacerte más fuerte. Pero no te confundas, ¿está bien? No se debe a nadie que tu hayas logrado salir a adelante. Se trata únicamente de ti, de tu fuerza, de tu voluntad, de tu esmero, de tus momentos en los que amaste tu soledad.

Es a ella a quien le debes las gracias. Porque la abrazaste, la mimaste y consentiste. Le diste ese tiempo necesario para sumergirte en ella, para concebir el mejor de los momentos, pero ahora contigo de protagonista, de un único amor: el propio. ¿Y sabes lo que eso significa? Que te sacaste las maldita lotería. El ser humano es un ser lleno de complejos, pero no hay ninguno más duro como ese: el de enfrentarse a uno mismo. Porque se es fuerte para muchas cosas, pero para eso, para eso casi todo se vuelve pequeño, y superarlo es una gran señal. Estás creciendo.

Entonces, así sí vale la pena. Así ya no cuesta mirar una fotografía del pasado y mantenerla o borrarla, porque a esas alturas, todo da igual, es solo algo material. Pasar por los lugares que significaron algo, ahora ya no harán surgir sentimientos confusos y esbozarás una sonrisa. “¿Cuánto tiempo he perdido aquí?” y te darás cuenta que eres más tú de lo que eras en aquel momento. Ese instante es simplemente tan maravilloso como cuando escuchas una canción y puedes gozarla sin lágrimas en tus ojos. ¿Entiendes?

Y el secreto está en mantener en la mente que ningún dolor es realmente eterno. Todo pasa y a la larga, sea la situación que sea, este terminará por irse y otras emociones lo suplantarán. Es que el dolor es así de especial. Es fugaz como una estrella, simple de comprender como el canto de un ave, efímero como un soplo del viento entre tus cabellos. Así hay que verlo desde el inicio y más aún cuando te sumerges en esos momentos de soledad.

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