Hay lugares en donde mencionar algo puede resultar devastador para la vida. Durante los últimos meses me he negado a reconocer ser feminista y las olas de críticas han llovido. Que seguramente soy una arrastrada, que me dejo mandonear, que sería una venganza del destino si un día llego a ser agredida, porque, claro, asumen que nunca lo he sido. Y la gota que derramó el vaso fue el último insulto recibido: “si tuvieras una hija, que pena por ella, por tener una madre como tú.”

A veces, las mujeres pueden llegar a proferir peores insultos que un hombre enardecido. Aún peor, habiendo estado rodeada de mujeres casi toda mi vida, sé por buena cuenta que su poder de manipulación y la estrategia de jugar con la psicología de otros hace que sea más fácil persuadirlos que sus adversarias ideológicas somos muy malas personas.

Y resulta triste. Atrás han quedado las conversaciones amigables en las que una podía debatir sin miedo a desparramar su opinión, sin temor a ser juzgada, sin que alguien te mire mal y desista de conocerte porque simplemente no piensa igual que tú.

El que sea o no feminista, probablemente, me va a suponer de unos cuantos o varios likes menos, otras dejarán de seguirme, pero las razones no atañen a esta publicación y jamás serán tema de alguno. Sin embargo, quisiera dejar constancia que miles de razones tengo para andar por las calles con el torso semidesnudo exigiendo reglamentaciones, leyes, y etcéteras, con una banderilla o un cartón en mano, pero, digámoslos así, no es precisamente mi forma favorita de hacerme escuchar. Considero que solo retrocedería algunos cuantos miles de años de evolución.

Hacerlo no niega ni rechaza el hecho que soy mujer, pero antes de ello soy una persona y el mundo ya conoce mis derechos y deberes. El mundo sabe que merezco respeto al igual que un hombre, otra mujer de diferente creencia, un niño y un anciano. Y es una pena, porque parece que hoy en día reclaman igualdad, pero se han olvidado de ella.
Leí y releí diferentes blogs en los que el feminismo tiene que narrarse: “fui violada”, “no recuerdo, pero creo que me tocó”, “me metió la mano debajo de la minifalda en el vagón del tren”, “no me dejaba vestirme como quería”. En lo personal, ese tipo de anécdotas tristes humanas no deberían ser base de la popularidad, ni mucho menos, razón para promulgarse por el mundo y que te paguen con likes por ello.

Lamentablemente, algunas personas usan sus experiencias de vida como parte del morbo que motiva a otros a seguirles, pero no por realmente apoyarle, sino por que muy en el fondo, ese tipo de historias llama a ser leídas, llama a los likes y a las estadísticas frías en una red social. ¡Grandes ejemplos de vida! ¡Sobrevivientes! ¡Ja!
Y así como las feministas, también se ejercen contrariedades en otros aspectos. La política ha supuesto de grados exacerbados de polarización. Hoy, sería imposible ver una pareja de esposos en la que cada uno piense a su manera. “¡Hey!, tú que me lees, si eres de izquierda, mejor vete. No me gusta la gente de izquierda”, “¡Hey!, tú de derecha. Anda pégate un tiro, no deberías existir.” Y, luego, ambos van profiriendo que son pacíficos, que su opositor es agresivo, él es el verdadero problema.

Vivimos en el mundo de las contradicciones, de las incoherencias en nuestras vidas. Hablamos de querer salvar al mundo de su egoísmo y hermetismo. Queremos que nuestros niños vuelvan a aprender valores, pero, espera, que Juanito no se junte con Pedrito porque sus papás son muy católicos. Ese chico ya nació mal. Pobre, ya es una mala influencia, seguro que es fundamentalista. Y lejos de realmente inculcarles tolerancia, los llenamos de prejuicios, de odios adultos, de irracionalidades que no les permiten ver el mundo con neutralidad y que ellos mismos se forjen una idea de lo que les parece correcto o no.

Vivimos en el mundo en el que ser y pensar está amarrado a lo que está de moda en el momento y no por un fundamento lógico. Ya en camino se encontrará una razón para odiar, ¿si o no?

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