Llega cierta edad en la que pensar en ser mamá empieza a cobrar más sentido e importancia. Una edad en la que afloran más preguntas y temores que respuestas y optimismo.

Desde muy pequeña, pensaba que a los 18 me podía independizar, pero la respuesta era: “¡dedícate a estudiar!”. Moría por trabajar siendo menor de edad para ahorrar el dinero suficiente y por fin mudarme. Había visto el modelo en muchos jóvenes extranjeros. Ahorraba cada centavo que me daban como mesada. Llegada la mayoría de edad, comprendí que era casi imposible comprar un departamento con lo que tenía. Sin embargo, aprendí desde entonces que el ahorro era indispensable para obtener lo que uno deseaba.

Muchas veces podía suponer de privarme de algunas cosas que, a mí edad, podía querer, pero obtuve una pequeña recompensa. Logré ahorrar lo suficiente para comprarme un celular. En esa época, un equipo multimedia con pantalla a color era increíblemente genial. Ver el fruto de mi ahorro en mis manos, me motivó a esforzarme aún más. Ese simple hecho me hizo recordar cómo desde jóvenes mostramos interés a aquello que buscamos alcanzar.

Con los años, me era mucho más difícil ser estable emocionalmente. Mi depresión estaba a flor de piel y si bien era muy buena en algunas cosas, en otras como los temas amorosos, era un desmadre total. Desde muy niña, supe que ese aspecto de mi vida iba a ser muy complicado. Casi fue un vaticinio de aquello que, posteriormente, viví.

Pronto, la idea de la soledad perenne rondaba mi mente. Supe que lejos de pensar en vivir al lado de alguien, eso me llevaría a pensar en lo subsiguiente: la maternidad. En diferentes instancias, se me dijo que debía dejar de pensar en ser madre y me dedicará a otra cosa. “Aún eres muy joven para pensar en ello”. El temor inminente de tener un hijo siendo adolescente era atroz. Mi vida, entonces, se tornó en una vocación exclusiva de incrementar logros en mi C.V., y ¿ser mamá? ¡Mejor me evito problemas! Y en cierta manera, en algún punto, esto fue sumamente productivo.

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Hoy, a unos cuantos años más tarde, he llegado a recordar aquellos pensamientos y cómo naturalmente ponerlo sobre el escritorio y analizarlo tiene otra connotación. Llegados los 25 y más cerca de los 30 que de los 20, definitivamente pensar que podía llevar a cabo la labor de madre soltera era una posibilidad seductora y la ciencia me respaldaba. Sin embargo, ahora en pareja con las mismas ideas y visiones de lo que una familia significa, esto va tomando otra forma.

Sin embargo, el temor sigue latente. Muchas noches me he cuestionado si realmente ser madre es lo mío. Tenía pesadillas en las que mi pequeño hijo me rechazaba. Es un temor que persiste hoy más allá del mundo onírico. Así, volvía la pregunta: ¿podré soportar que un día me rechace?

A los 18, me detectaron ovarios poliquísticos. La probabilidad de quedar infértil a causa de ello era alta si no lo trataba. Hoy en día, he temido enfrentarme a una prueba de fertilidad y aunque no tengo ningún indicio de ser estéril, una intuición muy fuerte me obliga a sopesarlo como posible.

Y, por último, ¿qué clase de ejemplo puedo ser yo para una pequeña personita? ¿Cómo puedo saber qué es lo que realmente necesita? Así, otras dudas me carcomen. Algunas personas solo atinan a responder: “es que lo sabrás de una manera u otra”. No obstante, si ya me es difícil interpretar las acciones y gestos del mundo entero hasta que me expresen literalmente su voluntad, no me explico cómo lograrlo con alguien que me llamará “mamá”. También hay quienes aún dicen “eres demasiado joven para pensar en ello”; sin embargo, el simple hecho de sopesarlo es necesario porque hay cosas que ameritan de meditación previa y el tiempo también apremia.

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