“Y pronto una noche, solo era añeja pólvora que soportaba los cañones de lágrimas en la madrugada”

Monte Olimpo, 12 de junio.

Estimado lector,

Quería empezar con la moraleja, pero resultaba simple y presuntuoso, y argüía entre las bases típicas de una web de autoayuda que no pretendía ser hasta que el tema, este bendito tema, se apresuraba y escabullía lentamente entre otros para exponerse.

Tenía un pasado, que dejó de serlo en cuánto pude. Era pesado y tedioso. Jugaba con mi mente cada vez que podía y me acorralaba entre lo que debía hacer o no. Se sentía insoportable cuando cobraba vida, cuando tenía voz y se lanzaba al acecho de mis acciones presentes y futuras.

Tenía un pasado al que le escribía todos los días. Al que dedicaba canciones y poemas de gran carga emocional. Y pronto una noche, solo era añeja pólvora que soportaba los cañones de lágrimas en la madrugada.

Era vil y embustero. Solía aproximarse lentamente con historias imaginadas de lo que esperaba fuera algo distinto, pero pronto se soltaba y libre hacía de mí una burla infinita. Lograba mantenerme en vela con el miedo perpetuo sobre el futuro. ¿Quién era?, ¿a dónde iba? Y, así, mi falta de conocimiento sobre mi personalidad solo desprendía el más triste panorama.

Quería escapar de dicha cárcel, de esa adicción infinita al malestar generalizado. Porque sí, era ciertamente una adicción que requería de atención inmediata y que debía hacerse humo pronto. Sin embargo, así de rápido, se deslizaba como por el rabillo del ojo, un pensamiento cuasi asesino que se aproximaba cauteloso: “¿Es que vivía siempre en el pasado?”. Rápidamente, me encontraba sacando la línea de aquella querella, de aquel encuentro. Era yo contra mí misma.

Me ponía en jaque solo imaginar que podía ser cierto. Toda aquella base de mis depresiones radicaba en una simple idea: dormitaba entre recuerdos de aquellos daños, de aquellas cicatrices que se abrían una a otra y les echaba sal, limón y tequila para aliviarlas. Pero parecía demasiado tarde. Ya era casi imposible recomponer la situación.

Para entonces, ya era objeto de burlas constantes. Nadie podía entender mis enojos, mis arrebatos. Quería gritar y arrastrarme por ayuda. Y si mi cuerpo no lo hacía literalmente, mis acciones y mi alma lo suplicaban entre versos, shots y lágrimas a escondidas.

No obstante, en las semanas subsiguientes me descubría frente al espejo sin los ojos hinchados de la intensa lluvia que decoraba mis mejillas, sin esa vergonzante sensación de culpa, de estruendo cerebral. Aprendía a vivir, poco a poco, con aquel enemigo íntimo que acechaba mi habitación y que no pretendía salir de ella por nada en el mundo.

Era un pasado que me precedía, pero que no definía mi futuro. Tarde o temprano, se desvanecería entre notas musicales, entre risas sueltas al viento en carcajadas de felicidad sin la más remota base de sufrimientos.

Pronto, solo era una anécdota que iba perdiendo fuerza, que servía de motivo para sacar a adelante algunos otros proyectos de vida y que, sin lugar a dudas, sucumbían a una suerte de fuerza positiva que nacía desde el centro. Había comprendido lo que era: ya no existía más aquel vacío, aquel agujero negro que se apresuraba a colarse entre el pecho y que se abría como una rosa sobre él absorbiéndolo todo a su paso. No. Poco a poco, se había creado una supernova que lo había implosionado.

Y aunque me mantenía viviendo en el pasado, este ya no dolía. Ya no se sentía, ya no reclamaba su sitio en mi cama, ni me gritaba. Ya no era presa de aquel pretérito imperfecto, asesino y abusivo. Y aunque rondaba por mis textos o entre mis pensamientos, aún algo más importante había sucedido: le había perdido el miedo.

Y espero que así se mantenga por mucho tiempo.

Avril Biziak.

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