Si hablamos, entonces, de géneros literarios, diría que el mundo contemporáneo según lo conocemos está marcado por la literatura superflua. Y cuánto más superflua sea, parece que es mejor.

Fui al cine a ver una película de esas de Disney que solo reviven un puñado de emociones infantiles. Me siguen gustando en demasía porque aún tengo que mantener la ilusión de esa pequeña que vive dentro. Pero, al ser una historia cuya versión real aún es más cruda, en verdad, nunca viene a mal mantenerla ‘en mentiritas’.

Sin embargo, luego de vivir este romance de cuento de hadas medio oriental, caminé junto a mi hermana a la tienda de libros más próxima. Estaba esta promoción de libros a un precio increíblemente bajo, pero los títulos eran sumamente clásicos o descaradamente absurdos. Tenía historias de deprimidas que descubrían su ninfomanía después de terminar una relación tóxica que les dejaba un gran vacío existencial. Sin embargo, terminaban encontrando al amor de sus vidas, se volvían sumisas irremediables o feministas empedernidas.

Así, diferentes títulos sorprendían por esa necesidad irremediable de hablar de sexo como tema casi central. Es cierto: el sexo vende y está muy de moda escribir de lo que nadie habla con cotidianidad y de lo que hacen en sus alcobas. Entre ellos saltó a mi vista que casi todos eran llamados “best-sellers”. Cada uno, algunos que saltaron de Wattpad al papel, intentaban prácticamente lo mismo: ser una lectura sencilla, morbosa, de gusto semi vulgar y hasta lograba serlo en absoluto. Aún más cuando el rango de edad que lo revisaba era la mano de una adolescente promedio que no se preciaba de ser un ávido lector. Por lo pronto, no en los tiempos de Wattpad.

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Me gustó la temática policíaca de uno y me aventuré a invertir mi dinero. En 6 minutos leí el primer capítulo y me pareció atractivo. Sin necesidad de leerlo con ojos críticos resultaba ligeramente atrayente. Su autor, Michael Connely, había logrado que pudiera recrear una típica escena de filme americano en la que comprendía esa solemnidad que tienen los “gringos” para sentir las muertes de sus oficiales. Y sí, aunque por un segundo creía que podía estar subestimando esta historia, desperté de ese letargo propio del que ve una película anglosajona traducida al español ibérico y no latinoamericano, cuando solo los españoles hablan así.

Me pasa a menudo: odio las traducciones como odio el olor a cigarros de canela en las noches mojadas de invierno. Pero, no me rendí. Y aún pienso darle una segunda oportunidad en la medida que vaya avanzado. Sin embargo, algo resultó de aquella noche cuando caminaba de regreso a casa con mi hermana con el libro ya embolsado y facturado. Ella preguntaba  ¿qué debía hacer alguien para hacerse conocido y grande?. Y bajo esa garúa terca y los litros de agua que respirábamos pusimos de ejemplo a los ya conocidos Cortázar, Vallejo, y otros. Incluso llegamos a Platón, Heráclito y hasta Sófocles, solo como ejemplos que aún persisten en las aulas.

– Ellos hicieron algo innovador para su tiempo. Hoy son “clásicos de oro”, como dice la radio que escucha papá. ¿Te imaginas si a Newton no le hubiese caído esa manzana en la cabeza? Él y otros pensaron adelantados a su tiempo. Aldous Huxley no sería tan inquietante si no hubiese escrito de algo antes de que sucediera. Lo propio, Orwell. Eso los diferencia. Pero hoy, todos se hacen llamar escritores y tienes a una A… B… que publica su vida entera para que otros se enteren solo porque es una figura pública que apila vasos de plástico.

– ¿Quién es A… B…?

– Exacto. Ahora entiendes.

De igual manera, no podríamos comparar a Poe con este señor Connelly, porque los estilos definen y lo cierto es que hoy, no podrían haber más Cortázar o Vallejo o Huxley o Newton. Hoy no pueden existir porque lo que hicieron ellos fue firmar en el tiempo con su propio puño y letra una marca registrada que nadie puede imitar.

Sin embargo, se llevan el título de best-sellers aquellos que hablan de lo mismo. Aquellos que sin ser mucho, les agradó a un columnista que los recomendó en su esquinero diario. Y no es malo, pero tampoco es sano. Finalmente, se tienen a autores como Connelly que intentan salir de esa categoría con bastante esfuerzo. A decir verdad, no lo critico, pero lo considero una víctima de la mal llamada literatura contemporánea. 

Y siempre me hago la misma pregunta después de llegar a este punto: ¿es que en la actualidad estamos logrando realmente un género literario? ¿Lo es cuando escribimos tan ligero de un yo interno que prostituimos y publicamos? ¿Y qué sucede después de haber vendido tanto? ¿La escritura se hizo para expresar o para vender?

Así me doy con la casualidad que invertí mi dinero y 6 minutos de mi tiempo a alguien que puede escribir genial pese a la traducción, pero que sigue sin alcanzar eso que otros, en su tiempo, esperaban alcanzar: cierta perfección en su composición para marcar toda una época. Si hablamos, entonces de géneros literarios, diría que el mundo como lo conocemos está marcado por la literatura superflua y carente de una construcción a consciencia en la que logremos explorar la interioridad con figuras mejor construidas . Y cuánto más superflua sea, parece que es mejor.

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