Un pequeño trozo de papel con pegamento puede hacer muchas cosas, desde decorar hasta protestar.

Durante mis viajes en el viejo continente descubrí no solo sus murales y variantes artísticas que utilizaban la pintura y otras maneras de demostrar su apreciación de realidad y del mundo, sino que encontraron, así como nosotros en Latinoamérica a llevar el ánimo convulso y revolucionario a un nivel gráfico aún más interesante.

Aquella tarde paseándonos por Praga, uno de esos curiosos detalles llamó profundamente mi atención: una baranda. Pero la baranda no hablaba por sí sola. De metal y grisácea, ésta solo se mantenía ahí, de extremo a extremo en una escalera. Quizás nadie lo notó, hasta que la baranda empezó a comunicarse y hacerse presente con un mensaje en particular. Un sticker blanco con la frase “Yo existo” traducido del francés (J’existe) se posaba en ella como aquellos globos en las historietas que dejan claro el mensaje de su animación correspondiente.

Fuente: Google
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Ella, en medio de la soledad de una escalera, proclamaba su lugar en el mundo. Hacía eco de aquello que aparentemente nos da seguridad y al parecer nadie notaba. Y, así, otros muchos objetos de la vida cotidiana empezaron a hablarnos indirectamente. Un puente en Alemania no solo llamaba poderosamente la atención por los innumerables candados, sino que sus metales que soportan el paso del metro también reclamaban protagonismo.

Los cestos de basura en París no se quedaron atrás. Y ni que decir de unas paredes no tan pintorescas de Viena que tampoco pretendían quedarse a atrás. Era la revolución de aquello a lo que casi no prestamos importancia en el mundo, era una llamada de atención silenciosa. En segundos, las cosas nos pedían mirarlas. “Yo existo“, decían, y era inevitable no quedarse mirando aquel objeto insulso, carente de sentido, pero con gran significado.

Fuente: Google
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Hasta el día de hoy buscaba saber qué significaba esa llamada de atención y ésta fue la única explicación: las cosas hablaban y reclamaban cierta autoridad. Puentes, calles, esquinas, plazas, asientos, miradores, postes de luz, etc. Todo protestaba y pedía identidad. Cada ciudad le decía al mundo entero “yo existo“, y se sublevaba al olvido de turistas, de ciudadanos, de propios y de extraños.

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