Hay una Europa que quita la venda de los ojos cuando se visitan sus calles. Lejos de ser una población atea como muchos creen en América Latina, sus creencias se notan a través de sus monumentos a la fe: sus templos y costumbres

– ¿Y cuándo no puedes aceptar nada más que esa carne?
– Prefiero evitarlo.
Ella estaba completamente segura de lo que decía. Prefería mil veces alejarse del tumulto y refugiarse en la conversación con su amiga. Como ella cientos de musulmanes habitan las bulliciosas calles belgas y han hecho de los países europeos su segundo hogar. Ella tiene un rostro dulce y firme, y aunque no he logrado ver sus cabellos nunca sé que es morena por sus cejas y pestañas.

Para ella, la alimentación es importante y ni bien comienzan los demás a beber alcohol, ella y su compañera escapan despidiéndose con formalidad y una enorme sonrisa. No es de su agrado, pero no lo dejan evidenciar. A pesar de las aparentes diferencias culturales, entienden y los demás entendemos. Es un pacto tácito acordado con los ojos y un gran abrazo.

Por otro lado, en la lejana Brujas, una sacerdotisa presenta la sangre que sería de Cristo guardada en un pequeño frasco. Es la sangre impregnada de alguien que hace cientos de años camino por la Tierra y de su fe nacieron muchas vertientes que hoy millones profesan alrededor del mundo. Ella, orgullosa, posa vestimentas propias que solo vi en hombres, pero ella las presenta con una solemnidad que le arrebata cualquier puesto a alguno de ellos. Su credo, por alguna razón, se percibe aún más sólido y verídico.

Un poco más lejos, en los bordes limítrofes entre Alemania y Bélgica, se encuentra Colonia, una pequeña ciudad germana totalmente reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial. En ella, una Catedral de aspecto gótico se erige imponente sobre lo que fue completamente reconstruido. Colonia fue uno de los lugares más afectados por la guerra. En ella, una multitud se aglomera y entra a sus instalaciones y no solo para refugiarse de la tormenta que padecíamos los de afuera, sino para orar con devoción y respeto.

A unos 1986.4 km, Albania nos levantaba cada mañana con un adhan  y posteriormente una voz bien entonada proseguía con el salah. Los musulmanes habían colocado un megáfono en lo alto de su mezquita que se veía sumamente increíble en tonos dorados que brillaban con el sol que despertaba del letargo invernal. Cinco veces al día se escuchaba aquella voz en todo Durres, en las costas, en la plaza, en los alrededores, en los recintos arqueológicos, en todos lados.

Pero en Bulgaria, Sofía no se quedaban atrás. El Domingo de Resurrección fue una verdadera fiesta en la ciudad de las iglesias. Y aunque hayan diversas religiones y diferentes tipos de templos, los católicos celebraban con palmas y coronas de flores que lucían por las calles con felicidad. Las familias disfrutaban de un domingo calmo, mientras, en la gran Basílica de Alexander Nevsky, cientos esperaban su turno para comprar una vela, ingresar al recinto y colocar en una de las mesas sus deseos y reflexiones acompañados de una oración.

Finalmente, porqué no hablar de los poderosos judíos en Budapest quienes sufrieron los embates post-guerra. Erigieron sobre la capital Húngara una sinagoga bellísima que aquel día estaba colmada de turistas. Era un símbolo para su religión. Los eternos perseguidos encontraron en ese lugar una resistencia a los tiempos difíciles. La sinagoga fue construida entre 1854 y 1859 siguiendo el diseño del arquitecto vienés Ludwig Forster, y que se autodenomina la segunda más grande del mundo. En su interior, no solo puede admirarse su majestuosidad, sino, también, los nombres de los muchos de judíos que fallecieron por el régimen austriaco que dominó la zona. Los nazis hicieron alrededor de ella un guetto judío, que posteriormente se había convertido en un campo de concentración, y hoy muchos veneran este monumento a la resiliencia.

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