“Es casi como un círculo vicioso que se completa en un romance atrevido, fugitivo y efímero. Así como cuando terminas dándole tu número al chico del bar.”

La aventura de escribir un libro o cualquier publicación parte de la misma estrategia que coquetear en un bar con el chico que te mira a lo lejos. Cuando al fin te sientas frente a esa hoja en blanco, corren esas sensaciones de sentirse observado, solo queda lucirte y que mejor que hacerlo cuando vienes “mirando” la idea, la seduces y la atraes con unas cuantas palabras, la llenas de ti y la impregnas de esa marca única que te convierte en ti mismo.

Coqueteos. De eso se trata casi todo. Quería escribir de este proceso porque no es nada fácil cuando eres tímido y no puedes abrir la boca porque las palabras, entonadas, no son lo tuyo, o cuando hay cosas que no puedes contar porque simplemente deseas guardarlo dentro. Hay ciertas experiencias, también, que no pueden salir de uno mismo porque banalizaría todo lo que se intenta hacer. En pocas palabras, lo corrompe.

Cuando niña, siempre soñé con escribir. Ser escritora me enseñó a ser paciente. No se estudia para ello, solo se requiere de vocación. Es algo que vengo haciendo por pura pasión desde que tomé por primera vez un lápiz y un hoja en blanco. Tuve la dicha de interactuar con varias herramientas que me hicieron adorar más esta humilde técnica de expresión y comunicación como máquinas de escribir e innumerables libretas, y que, en buena cuenta, también me motivaron a ser periodista. Y aunque es difícil de conseguir un empleo o de enfrentarse a la ardua tarea de seguir escribiendo en espacios como este, solo queda el regocijo de mantenerse en contacto aunque sea con un puñadito de letras.

He escrito sobre este tema antes. En forma poética, en forma literal, pero esta vez lo hago con una forma aún más objetiva como respondiendo a la pregunta que me llamó mucho la atención de una charla a la que asistí recientemente llamada “¿qué es ser escritora en el Perú?Y entonces vino a mí toda esta carga de ideas que quería definir. Vuelvo a repetir: nadie estudia para ser escritora. Se aprenden técnicas y diversas maneras de hacerlo, pero todo, o parte de todo, se resume en la conexión con un yo interno que busca muchas maneras de hacerse sentir. Es ponerle voz a una historia, anécdota, emoción o experiencia y simplemente esperar que el resto, si en algún momento la ha vivido o le recuerda a algo más, la comprenda.

Como en todo coqueteo, también se miente. Se maquilla la experiencia, el hecho, y se convierte en eso: un producto de la ficción con base en la realidad y puede significar tantas cosas. Una de las expositoras, en aquella charla, mencionaba precisamente eso y no estaba mal, pero aún así me hice la pregunta: ¿Y sí la realidad supera la ficción? Existimos quienes hemos vivido cosas increíbles y que, al contarlas, el que menos lo cree, pero son verdad. En la vida pasan muchas que pueden ser incomprensibles para unos y para otras, una vil mentira. Pero al leer, se encuentran con las mentiras más grandes que les evocan sentimientos de recuerdos propios.

Como dije anteriormente, es algo costoso tratar de traer al papel aquello que uno vive cuando se es tímido. Y quizás la mayoría de los que escribimos somos eso. Nos sobran situaciones como las mías, como en aquella boda de mi amiga del colegio en la que su padre jugaba bastante con la idea de mi silencio absoluto. Y sí, a veces jugar al mudo beneficia cuando las charlas de otros le dan herramientas a uno para seguir escribiendo.

Si vuelvo a preguntarme qué es ser escritora en mi país, lo más probable es que lo defina como la situación anterior, salvando las diferencias de género tan extensamente populares. Termino dándome cuenta que, si bien es cierto que de escribir no se vive porque no otorga mayores ingresos, pues sí se puede vivir en la medida que da alivio al ruido externo que pretende colarse en nuestras vidas y le da cierta paz a la imaginación que aflora de las experiencias que se perciben a través de otros sentidos.

Y así puede terminar el coqueteo: en un beso apasionado y completo entre la tinta y el papel o un conjunto de caracteres que seduce los ojos de otros. Es casi como un círculo vicioso que se completa en un romance atrevido, fugitivo y efímero. Así como cuando terminas dándole tu número al chico del bar.

 

Dime lo que piensas...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.