Era la primera vez que veía nieve, aunque poca por la temporada cambiante, pero sentía cómo esos pequeños copos, todos aglomerados hacían sintonía con la voz del argentino.

El ambiente estaba cargado de cierta electricidad en el aire, indescriptible. Todo se sentía sumamente extraño. Era nuevo. Otra vez me encontraba sola y por alguna extraña razón, esa soledad me gustaba. Me hacía falta eso: soltarme de lo conocido y adentrarme a un nuevo mundo sin explorar. Esa noche solo podía encontrar algunas pequeñas pistas a lo que me había motivado a ser una viajera empedernida: quería sentirme libre como nunca.

El viento había golpeado mi ventana con fuerza abriéndola un poco. Se había estado colando a través de aquel pequeño agujero y no me había percatado, pues la estufa estaba hirviendo. Me levanté casi como al medio día, me dolían los ojos poco acostumbrados al horario aún. Pronto estarían impacientes por ver lo que habría detrás de las cortinas.

Las pistas humedecidas con un manto blanco y ligeramente enlodado por algunos tramos, se convertían en ríos de agua por la lluvia incesante. Los autos pasaban con tal velocidad, que cada copo de nieve que había buscado apilarse se destruía de inmediato y simplemente dejaban de existir.

Las plantas no dejaban de asombrarme. Había empezado a amar el color verde de las hojas con el blanco de la nieve. Vivir una experiencia tan rica como esa estando a un 1 grado Celsius, solo se equiparaba a la felicidad que me embargaba al escuchar a Fito Paez y su melodioso 11 y 6. En esa observancia minuciosa que venía haciendo a través de mi interés en esas hojas, se encontraba muy contenta en el fondo de mi corazón una pequeña niña saltando de alegría.

Salí. Quizás con la más grata de las sorpresas al sentir el frío más doloroso de mi vida. Lo amaba, aunque me dolieran los pómulos y mi sensibilidad dental se hiciera presente. Lo adoraba, aunque mis dedos se entumecían y no encontraba más abrigo alrededor del que ya tenía puesto. Los zapatos nuevos se mojaron completamente y no tuvieron reparo en humedecer mis calcetines. Y así ante la pequeña adversidad, me encontraba más feliz que nunca.

Era la primera vez que veía nieve, aunque poca por la temporada cambiante, pero sentía cómo esos pequeños copos belgas, todos aglomerados hacían sintonía con la voz del argentino. Me había imaginado toda la historia a través de las calles, de las casas, del beso en el baño de aquel bar. Me había imaginado los claveles, azules por supuesto, que resaltaban en ese clima tan benigno. Solo cerré los ojos y me sentí como los protagonistas viviendo una historia como aquella y soñé despierta a través de su coquetería.

A mi me memoria solo vinieron mis recuerdos de Corrientes, pero si aquella vez en Buenos Aires hubiese nevado, no la habría sentido tan espectacular como en esta ocasión. Así de único y extraordinario se sentía, como bien dijo Fito, “más fuerte que el Olimpo”.

Dime lo que piensas...

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.