Quizás no puedas encontrar el abrazo de alguien o un beso en la frente, o un cariño peludo, o la sensación de sentirte bien en una tienda. Porque para esas cosas, no hay liquidaciones ni precio en rebaja que lo valga. 

He dejado de ser simplemente eso: una novedad. Lo he dejado de ser para quienes me conocieron, para quienes me han leído en algún momento. Las personas hoy en día dejamos de ser una novedad para el resto en la medida que no se satisfacen nuevamente, no se llenan más con aquello que les ofreces. Y es una verdad que a muchos les cuesta y le duele reconocer.

Dejamos de ser una novedad en la medida que nos hacemos viejos. Como aquel que solía pedir limosna en la esquina y no dejaba de sonreír. Dejó de ser algo curioso que lo haga y hasta parecía que fuera su obligación sonreír a las personas que por ahí pasaban. Ha dejado de ser interesante y hasta ya no cae tan bien. Se ha convertido en uno más, pero su risa no se apaga. Y él seguía siendo amable con todos.

Así funciona todo. Las ventas de un negocio, lo que te hacía sentir la persona con la que salías, el último modelo de teléfono celular, la nueva chaqueta de cuero que adquiriste, el partido por el que votaste, la confianza que te daba comprar cierta marca de desodorante o, aún más serio, la seguridad que te daba el banco donde depositabas tus ahorros. Y es porque este ritmo de vida hace que dejes de pensar en apreciar lo que tienes. Hace que, por el contrario, te pierdas lentamente en la ansiedad de esperar lo que viene y no vivir ni sentir lo que ya posees.

¿Saben cómo es? Parecemos drogadictos, inertes ante lo deslumbrante que puede ser lo último y, de pronto, ansiosos en busca de algo mejor. Pero, espera… no. No es algo mejor en el sentido de encontrar algo que nos haga ser buenos. Todo lo opuesto. No es bueno sentirse vacío al darse cuenta que vives en el pasado, en lo obsoleto, en lo inservible para el mundo cambiante. Eso es ser arcaico, significa no ir al tono con lo que hoy se acostumbra: un inadaptado.

No hay mucha gente que hoy se ensimisme con un vestido y que quiera mantenerlo el resto de su vida. Lo cambiarían por el primer abrigo en liquidación de la temporada entrante. No hay muchos a quienes les duela perder algo a lo que se le dedicó tanto cariño o que significa un recuerdo preciado para él o ella. No… a esos nos dicen que lo superemos, que somos unos románticos, que ya encontraremos otros recuerdos, otras mascotas… otras personas, otras emociones, otra vida.

Pero, ¿y si no? ¿Y si el día de mañana no hay un individuo en una esquina para saludarte?¿Si no pudieras enseñar una foto que te recuerda algo maravilloso que viviste en un viaje?¿Si pierdes un regalo invaluable de una persona que ya no está más en este mundo? ¿Duele? Claro que sí, porque entonces perdiste un poquito de ti en aquello a lo que no le dedicaste el tiempo y dejó un gran vacío.

La memoria es frágil y a veces puede hacer que aquellas cosas que realmente significaban algo para nosotros se conviertan en olvido. Y eso no solo pasa con un vestido o cualquier otro objeto, sucede también con las personas y los momentos.

Es por eso que hoy ya no duele tanto que alguien se muera, que alguien desaparezca de nuestras vidas. Tampoco importa tanto perder algo que te ha costado tanto obtener, porque, no importa: puedes conseguir otro en una tienda. Pero, ¿sabes qué? Quizás no puedas encontrar el abrazo de alguien o un beso en la frente, o un cariño peludo, o la sensación de sentirte bien en una tienda. Porque para esas cosas, no hay liquidaciones, ni precio en rebaja que lo valga. Solo se viven en un instante que debes atesorar más que a nada.

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