“Sus ojos seguían así de cerca, sus latidos iban al compás de los míos, y comprendí, de inmediato, que realmente estaba dispuesto a mucho.

Miraba fijamente a sus ojos y no sabía exactamente porqué estaba pasando esto. ¿Porqué me sentía como una adolescente? Quizás había comprendido que no podía estar peleada con cupido por mucho tiempo. En verdad, había dejado de lado las emociones que podían suscitarme las personas, pero, increíblemente, él había logrado arrancarme una sonrisa o una carcajada. Lograba enfurecerme y aún más cuando decía que así me veía más linda. Mi corazón se había endurecido, pero él supo ablandarlo con ternura, besos, salidas y caminatas, o tomando un café en la plaza.

He vivido muchas cosas a lo largo de mis cortos años, pero es precisamente eso aquello que me ha llamado aún más la atención. Él me dijo al oído: “Lo que ha pasado antes, no importa ya. No puedes hacer nada sobre ello. Tú conmigo ahora eres otra persona, una nueva, ¿está bien? Ven, dame un abrazo.” Y con esas palabras empezó a derretirlo todo, a darle movimiento a la sangre que pronto cubrió todo mi rostro. Me abrazó y nunca más me soltó, tampoco preguntó de nuevo al respecto.

Eso buscaba. Tener la seguridad de crear una nueva historia sin intromisión de los miedos del pasado. Buscaba ser yo misma a través de las nuevas experiencias y me encontré en una nueva. Caí en cuenta que esa tarde era distinta a su lado, que sus brazos alrededor de mí me protegían de la lluvia, de mi misma, de algunas ideas que me querían hundir en esos recuerdos que ya no tenían ningún sentido.

¿Y si confiaba? A unos kilómetros de llegar a mi destino, en ese bus rumbo a otra ciudad de esas tantas que se visitan cuando uno anda a pie, había decidido emprender una cuenta regresiva. Era casi el final del viaje. Ya tenía miedo. Algo dentro de mi me obligaba a no volver, algo dentro me pedía quedarme. Sin embargo, ya era demasiado tarde y al tiempo no lo podemos hacer esperar. Me quedé mirando el cielo con una melancolía eterna. Pero una sonrisa lo cambió todo. Llené, entonces, esa sensación de vacío con añoranza.

Al regresar, nada había cambiado realmente. Ni él, ni yo. A lo que más le temía, no se había dado realmente. Sus ojos seguían así de cerca, sus latidos iban al compás de los míos, y comprendí, de inmediato, que realmente estaba dispuesto a mucho. Realmente estaba dispuesto a amarme. La verdadera pregunta a todo esto era: ¿y yo lo estaba?

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