Durante el trayecto, cerraba los ojos y pensaba. Pensaba para existir, porque sin pensar no siento, y sin sentir no existo.

Una entrevista en un medio español llamó mi atención mientras las pequeñas luces de mi habitación, tenues y tiernas, le daban un aire romántico al ambiente. La compartió un amigo que no veía en mucho tiempo y al que echaba de menos, pero sin duda, me volvió a hacer pensar con cierta dicha en aquello que había postergado.

En un ánimo filosófico de intentar comprender la realidad, era ciertamente inquietante que muchos pensadores actuales se centraban en analizar la superficie de las cosas. ¿No era que debían adentrarse en las ocultas profundidades de las mismas? Recordé aquellos abismos escabrosos por el que crucé en dirección a Bosnia y Herzegovina. La mente humana era totalmente similar. Un vacío profundo en dirección a un bosque infinito de ideas.

Durante el trayecto, cerraba los ojos y pensaba. Pensaba para existir, porque sin pensar no siento, y sin sentir no existo. Pensaba en esas carreteras mojadas como la canción de Christian Meier sin el drama ni miedos a lo que se pueda encontrar en el camino. Solo pensaba, sin nada en concreto. Preguntas e ideas surgieron abruptamente como árboles en la senda.

Pensaba en la lluvia incesante y en el sueño que me embargaba de a pocos. Pensaba en las distancias que nos separaban cuando por fin parecía tener algún sentido el rumbo de mi vida, pero, en verdad, aún se encontraba muy lejos de realizarse lo que tanto anhelaba.

“No puedes entender nada si la taza no está llena.”

Y es tan cierto como incorrecto. También entiendes la realidad mientras la taza se va llenando o la comprendes desde el momento en que empieza a llenarse, porque no es solo el hecho de comprender aquello que ingresa, sino cómo lo hace y el por qué es relevante que ingrese.

Pero también es cierto, que sin ello pasa lo que ocurre hoy: no hay profundidad, no hay aquel atisbo de querer comprender lo real.

“La vida actual no invita a pensar”

Y no parece que se empeñara en hacerlo tampoco. Sin embargo, se debe a la poca intensidad que se aplica al querer sentir las emociones como son. ¿Tener miedo a emocionarte, a enamorarte, a ser quién eres? ¿Importa la imagen que proyectas en una foto, a través de una cámara? ¿Cuánto más puede importar por encima de la verdadera emociones que implica ser tu mismo frente a los demás? A veces, ser real es una de las pocas cosas que se piensan antes de lanzarse al mundo, pero sentirse real, también es algo que pocos buscan ahora. Es la vaga ausencia de la existencia humana.

Y es una pena, pero si se está a tiempo, es una oportunidad para remediar.

Pensemos.

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