“Aunque nosotros busquemos estancarnos en el tiempo, él nos arrastrará infinitamente.”

He encontrado una caja entre muchas y en ella, una pequeño trozo de papel. Lo he desenrollado con la delicadeza de la que precisan estos pequeños trastos del tiempo que no desean ser olvidados. No he encontrado más que un cúmulo de párrafos, aglomerados uno tras otro, en la vaga idea de formar una carta.

Retrataba, brevemente, la idea de algún amor del pasado que habría roto mi corazón, Eran de aquellos que aparecen en las edades más pueriles y que terminan por enseñar más de uno mismo y sus extraños comportamientos que de la vida misma y sus diferentes vertientes. “Me habías hecho llorar tantas noches hasta que en una no alcancé a pronunciar más tu nombre. Lo había olvidado”, decía.

Me hallé ahí frente a la pequeña yo que sufría de un corazón roto, que padecía de una enfermedad aparentemente incurable y cuyas letras, y la tinta que las dibujaba, se corría a través del papel. Solo eran muestra de cuánto me podía importar una persona para que llenara de lágrimas mi esperanza rota en la que algún día aquel niño la leyera.

Y hoy todo aquello solo esbozaba una sonrisa nostálgica en mi rostro. Al día de hoy, los dolores de este tipo los he sabido manejar de otras maneras menos dramáticas. Definitivamente, aquella pequeña no podría soportar la magnitud de mis problemas de hoy. ¿Y las razones? Cada vez más perversas. Me entró la duda entonces: ¿Nos volvemos más perversos con los años para que las penas duelan más?

Cobró cierto sentido, entonces, cuando revisé aquel pedazo de papel nuevamente. Era esa pequeña yo del pasado dándome lecciones de vida a través de sus emociones más dulces, y no sintiendo aún la agonía de las penas propias de un adulto y sus dificultades diarias. Pero en medio de sus dolores, había algo que debía resaltar:

“Nunca sabremos exactamente si hemos cambiado, pero no hay duda que el mundo lo seguirá haciendo. Aunque nosotros busquemos estancarnos en el tiempo, él nos arrastrará infinitamente. Yo he decidido mantener genuinas mis convicciones y por eso me disculpo y te perdono.

Tan simple como eso: dos acciones tan sencillas, esas luces que guían el camino, para seguir con nuestras vidas, para olvidarse definitivamente de sus penas, para seguir a adelante. Y aunque esa carta no llegó al pequeño que me hizo llorar, llegó al presente a modo de recordatorio que a veces la vida adulta se empeña en borrar.

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