“Me encanta la gravedad que nos atrae, que nos hace pisar el mundo y dejar algo tan significativo como una huella” 

Puedo caminar. He descubierto algo nuevo en ello. Algo que pocos toman en consideración, como se hace con las cosas que parecen no tener importancia y que solemos dejarlas de lado. He vuelto a caminar por algunas calles y comercios, he vuelto a ver en esa gracia del bamboleo una suerte de adicción.

Me gusta caminar. Me gusta lo que hace en mi cuerpo, lo que le hace a mis ojos, a mis brazos, a mis caderas, a mi cintura, a mi espalda y mis piernas. Me encanta como reafirma mi feminidad, mi motivación a ser alguien y esa forma intuitiva de sacar lo que uno es o ese ánimo salvaje, rupestre, cavernícola, arcaico. Me gusta poner un pie delante del otro, porque así de simple es la vida: dar un paso a la vez.

Es hermoso caminar. Sentir la tierra entre las sandalias o una piedra dentro del zapato. Cuando de pronto tienes que detenerte en el camino y amarrarte el pasador o simplemente mirar tus zapatos gastados. ¡No hay nada más maravilloso que verlos sucios y llenos de aventuras!

Me encanta sentir el césped húmedo, el agua fría de un río o del mar, la arena hirviendo o la soledad de una alfombra. Me encanta ese tacto no perdido, esa sensibilidad que no la tienen las manos que ya han sentido mucho. Me encanta la suavidad o dureza, la irregularidad del terreno. Me encanta la gravedad que nos atrae, que nos hace pisar el mundo y dejar algo tan significativo como una huella.

Me gusta caminar porque “se hace camino al andar”.

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