“Eres cada segundo de tu existencia posándose sobre este planeta y así eres parte de todo”

Quizás es algo difícil de asimilar, pero una vez que llegas a un cuarto de siglo de tu vida habiendo pisado el suelo de 21 países, haberte empapado bajo lluvias tormentosas en Bruselas y sufrido con la nieve en tus zapatillas y el granizo derritiéndose en tus pómulos o insolarte en Budapest, comprendes muchas cosas que antes no pensabas y te reduces frente al mundo.

Cuando te descubres a ti misma, aún más sensible, aún más delicada y fácil de romper, es solo el principio. Porque le perteneces a la infinidad de un lago en medio de Albania o aquel río turquesa en Mostar, o llegas al límite del dolor con las piernas temblando de tanto caminar rumbo al castillo de Kotor en Montenegro y descansas tus pies en las paradisiacas aguas del Adriático frente a las costas de Split o en la cama de un hostel tan tranquilo como el de Budva, comprendes lo débil que es tu cuerpo y reaccionas a su pequeñez frente al mundo imponente que se abre a tu paso.

Cuando el cansancio de dormir en el bus es recompensado por la hermosa vista en lo alto de la Acrópolis de Atenas y vuelves a tus raíces en una tarde soleada en Dubrovnik, te das cuenta de cómo llegaste a donde estabas y en ese punto puedes saber quien eres realmente. Eres tú en la infinidad de aquello que percibes con todos tus sentidos. Eres tú realmente en una noche con luna llena en Sofía haciendo brillar la cúpula de su catedral o eres el amanecer deslumbrante de Praga que le daba color a sus calles.

Eres cada segundo de tu existencia posándose sobre este planeta y así eres parte de todo. El viajar es más que tomar una fotografía o vanagloriarse, por ejemplo, de haber visto el mar Egeo en Tesalónica. Viajar es aprender de ti mismo, cada hora, cada segundo. Es ponerte al frente de una batalla entre tu ignorancia y el descubrimiento de una realidad distinta, que elimina prejuicios y te quita la venda de los ojos.

Esta ruta que he dado a mi vida me ha brindado la posibilidad de sentirlo todo al máximo, de sentirme más viva. De comprender que alguna vez yaceré en un cementerio como el que cruce aquella noche en Bratislava, pero valió y valerá la pena todo aquello que he podido hacer hasta hoy.

Y si volviera a nacer, me daría a mi misma una oportunidad más para explorar los muchos gustos hogareños que se apoderan de mí como pasó en Orlando, Santiago, Río de Janeiro, Lima o Buenos Aires.

Una vez más, me hundo en ese vértigo agradable, como aquel que siento al ver a través de la ventana de una avión rumbo a Alemania o Italia o ver la oscuridad en los canales de Ámsterdam o Viena. Pese a todo, siempre sentiré ese nudo en la garganta, como aquel que me inundó de lágrimas al cumplir mi sueño frente a la Torre Eiffel o en la soledad de mi habitación en Londres. Siempre es lo mismo: un amor infinito al autodescubrimiento.

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