“Aquí yacerá mi historia: aquella que empezó en tierras incas y terminará en tierras balcánicas.”

Faltan horas y parecen eternidades consecutivas pasando por túneles de tiempo. He pasado por Praga, Viena, Brastislava y Budapest para llegar al lugar donde Joseph ha crecido durante un tiempo antes que la guerra lo desplazara a tierras sudamericanas.

Y así ha sido por largos años, una espera que no cualquiera puede descubrir en ninguna emoción similar. ¿Sabes lo que es amar algo sin haberlo conocido antes? Así se siente no haber nacido en un lugar y ser parte de él en el corazón y en la sangre. Una mezcla de emociones que pocos comprenden, que pocos sienten en el fondo del alma y que se porta orgulloso a dónde se vaya.

Y cuanto más lo pienso, más me descubro libre en niveles que desbordan los de la felicidad y el éxtasis. Cuando lo veo realizado, más me doy cuenta de lo pequeño que es el mundo, de lo mágico que debió ser para Joseph haber llegado desde una lejana Yugoslavia y que, hoy, más de cien años después, una patria que la conformaba me abre las puertas.

Así se siente volver a casa, ser parte de esta travesía en la que una descendiente volverá a andar los pasos de su antecesor, donde los paisajes que vieron sus ojos recaerán en los míos y, así, esa sucesión de emociones se mezclará en un mejunje de ebriedad propia del alma feliz. Este es mi corazón animoso y lleno de júbilo y aquí yacerá mi historia: aquella que empezó en tierras incas y terminará en tierras balcánicas.

Hoy me siento más orgullosa que nunca de ser parte de dos grandes pueblos y llevar de cada uno lo mejor.

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