Pero así es el tiempo, así son los años. Nunca tan efímero, nunca tan cansado. 

Se desliza. Es una idea de esas que no pensaba que se podrían cruzar por mi cabeza en estos momentos de mi vida, pero cada vez que lo hacen cubren de ansiedad mi cuerpo. Tensan cada centímetro de mi piel. Él ha visto la muerte de primera mano, pero cuando me la relata a modo de cuento mi mente se nubla de nuevo.

Es esa inseguridad que me recorre la que me desconcierta. Y se siente en el pecho, como si en verdad quedara muy poco tiempo para tantas cosas por hacer. Me consume en pedazos, me desmiembra y empieza a sentirse un curioso hormigueo entre los brazos, las piernas, en la cabeza, en el pecho, en el abdomen.

Me relajo. En verdad lo intento, pero ya está ahí. Me ha sembrado la semilla de esa duda incierta, de esa suerte de intranquilidad por saber que pasará. Y cada vez que se acerca la fecha del fin de un año este tipo de malestar se apodera de mí. Un año más se irá y dejará cada vez menos tiempo a la cuenta regresiva. A esa que de nuevo trae el inquietante hormigueo.

Se acerca el fin de una era, y aparece otra más como niveles que se pasan en un juego, descubriendo un nuevo reto, una nueva sensación del mundo. Llego a la mitad de la segunda década con una sensación extraña de él. Y ese vacío nace del fondo del estómago y se abalanza sobre mi espalda para darme cuenta del tiempo y los frutos de su paso por mi piel, entre los surcos que se forman debajo de mis ojos y que añora no correr tan rápido. Pero así es el tiempo, así son los años. Nunca tan efímero, nunca tan cansado.

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