Me ha tomado con la guardia baja y ahora solo es un sentimiento en proceso de olvido. Una cicatriz más que se puede pretender olvidar, pero que siempre queda como anécdota.

Cuando por fin me di cuenta que estaba tomándole cariño fue cuando lo vi parado frente a la ventana mirando hacia el horizonte en una de esas pocas tardes soleadas en las que salíamos y terminábamos conversando y viendo películas. ¿Así de fácil puede llevarse alguien tu corazón?, me pregunté cuando lo vi irse por última vez. Cruzó es puerta y desde entonces, solo quedó el recuerdo de un momento dulce y amargo.

¿Pero qué me había dejado a cambio? Sentirme por primera vez libre de dudas y pensamientos. Y así de rápido aprendí a querer lo efímero, lo volátil y radical. Lo dulce, lo excitante y aventurero que puede ser conocer a alguien y que nazca una suerte de intensión por protegerlo desde que lo ves a los ojos, que veas en sus labios un refugio a esa soledad algo vaga y fría que a veces te endurecía el corazón. Pero, ¿y sus brazos? ¡Qué decir de ellos! Que con rodear tu cuerpo con ellos, te unía el alma rota y te abrigaba del frío de tus pensamientos.

Pero es efímero. Quizás nunca más lo vuelva a ver, quizás su amistad y pseudo amor solo es una ilusión pasajera que agradezco desde el fondo del corazón. Nada de qué preocuparse hasta que se lleva un pedazo de ti. Me ha tomado con la guardia baja y ahora solo es un sentimiento en proceso de olvido. Una cicatriz más que se puede pretender olvidar, pero que siempre queda como anécdota.

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