“Me quedaba una pequeña esperanza, ligera y casi endeble, pero nunca inquebrantable, de ser de nuevo quien vine a ser en este mundo.”

He creído todo este tiempo que había cambiado. Que el dolor de una decepción amorosa me había hecho o muy frágil o muy dura dependiendo de las situaciones o de las personas que me rodeaban. Y era difícil de explicar, de sentir o de ver en mi misma hasta que otros lo notaran y me hicieran saber que había un cambio.

¿Un cambio?, me pregunté. Sí, algo que no podía percibir hasta que llegaba a verme sumida en esa transición; nunca realmente consciente de lo que esto significaba. ¿Y esto como llegó a colarse entre mi porción de ideas diarias? Cuando una mañana, durante este viaje, me levanté con ganas de llorar. Así de simple. Lloré como una niña pequeña extraviada, porque así me sentía entre todo este mar de nuevas experiencias, sensaciones y demás.

Sin terminar de comprender ese miedo que sentía a lo que pasaría, una parte de mí se impulsó a resguardarse en una coraza, a fingir una sonrisa y salir a prepararse el desayuno como de costumbre. Y así, pronto, nadie notaría ese rastro húmedo sobre mi piel seca por este invierno. Y el otro, uno más sensible, suspiraba varias veces tras tratar de ahogar ese llanto que no quería dejar su paso por mi garganta y mi pecho.

Creía que había perdido esos sentimientos cuando me destrozaron el ánimo de intentar amar y que hoy, esas emociones quedarían solo en un baúl de recuerdos perdidos. Que ya no podía dolerme nada, que no era de nuevo esa niña perdida, esa niña que inocentemente entregaba su corazón a diestra y siniestra y consideraba que las demás personas sentían el mundo de la misma manera, con tal nivel de sensibilidad y tacto. Pero no, en verdad solo estaba oculta y, quizás, esa era la razón verdadera a mis cambios abruptos.

Pero no se trata solo de un simple desamor, puesto que a cualquiera podría tocarle un poco ese tema. Sucede que trascendió un tanto más. Llegó a tocar otros aspectos que no salvaguardé, que no puse a buen recaudo. Y aunque aprendí tantas cosas desde aquella ocasión, no logré expresarme como realmente era. Esa experiencia marcó un hito en mi forma de expresar al mundo como se veía a través de mis ojos y eso… eso ya no se sentía tan bien. Resultaba agobiante.

Pero pensar que esa pequeña estaría oculta, me albergó la esperanza de poder encontrarla. De poder volver a querer con esa intensidad, de volver a arriesgarme y no sentir miedo, de sentirme libre como antes. Porque tal vez sí estuvo escondida todo este tiempo, esperando a que me vuelva a importar mi mundo interno, a que desempolve los recuerdos y que vuelva a creer en lo que ese fulgor era capaz de hacer, de producir o sentir.

Me quedaba una pequeña esperanza, ligera y casi endeble, pero nunca inquebrantable, de ser de nuevo quien vine a ser en este mundo.

3 Replies to “Metamorfosis”

  1. Como decía El Principito: “Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños sólo porque uno de ellos no se cumplió”.
    Confía en la magia de los nuevos comienzos.

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