“La naturaleza en su interior la llamaba con pálpitos de grandeza.”

Y el ave voló tan alto como pudo, lejos de la indecisión, de la incertidumbre. No quería sentirse confundida. Ahí estaba frente al dilema más grande de su existencia: “¿Soy libre?” Sus ojos salvajes se avivaron con las olas de viento gélido y tras un extenuarte viaje a una rama, por fin se atrevió a acicalar sus alas que se extendieron de forma grandiosa.

-“¿Porqué soy libre?”- se cuestiona reformulándose su pregunta con el fin de no enfrentar a la primera.

Y así descubrió que para ello estaban sus alas impermeables, que le permitirían cruzar el cielo sin problemas aunque llueva, el pico fuerte y ancho, para alimentarse de aquello que necesita, sus hermoso plumaje, para exhibirse con una belleza singular, y la fuerza de sus garras, para sostenerse con firmeza.

Ella era perfecta para lo que había nacido y aunque recién lo descubría siempre lo había sido, estaba en sus genes. La naturaleza en su interior la llamaba con pálpitos de grandeza. Era indiscutible su talento. Pero ¿cómo podía saberlo? Guarecida entre el matorral, la pequeña urraca solo había conocido la limitante caverna entre los troncos huecos y en medio de esa oscuridad se había convencido de pertenecer eternamente a este.

Pero no más. Al ver a una bandada de cisnes a lo lejos sintió el llamado frente al incipiente invierno con sus lluvias y granizos. Aún frente a la aparente y eterna dificultad se abrió paso sobre el firmamento y cayó. Caía en picada hasta el suelo. Experimentó el dolor que nunca había sentido en su vida. Era la prueba cruda de que el mundo no era fácil, que si no se reponía a tiempo era presa fija de otros que requerían de sus carnes para sobrevivir.

Así, se puso de pie y lo volvió a intentar. Agitó y agitó cada vez más fuertes sus alas y logró despegarse del suelo. Una vez más cayó, pero lo volvió a intentar. ¿Qué era esa presión que la motivaba? ¿Una tormenta? ¿Un depredador? Quizás la sola idea de sentirse verdaderamente libre ante la desventaja de no haber visto nunca el mundo que por su ventana.

Agitó y agitó hasta que un metro se volvieron 8 y luego 15. Planeaba y volvía a mover sus alas. Así llegó a una rama. Se había deslumbrado con la panorámica vista de una ciudad al amanecer. Y ahí comprendió todo:

– Al menos, soy más libre que ellos – se dijo. Y volvió a emprender vuelo, pero esta vez, la pequeña ave estaba más decidida.

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