“A cada hora, el mapa parece revisarse solo y en minutos la pequeña del asiento 47B se pregunta si falta mucho.”
Encerrada, el aire acondicionado reciclado ya parecía agotarse, pero solo eso parece. No hay forma de salir, no hay forma de escapar. La piel se eriza como si pasaran cargas de electricidad a través de ella. Sudo. Ellos parecen conservar la calma, se ven tranquilos. Algunos van tirando el cuello de un lado a otro para aflojar la tensión. Otros van al baño, se enjuagan las caras y vuelven dispuestos a calmar el sueño que empieza a hacerse presente.

Pero, de pronto, el olor a comida lo arruina todo. ¿Ya es la hora del almuerzo? Y al tomar los cubiertos las manos tiemblan, pero no de miedo, sino del cansancio. El aparato de metal ya sobrepasó límites fronterizos y la hojalata se remece a través de los Andes ¡Qué divertido almorzar sobre un sube y baja! Mientras el vaso de agua lucha constantemente para no caer sobre la delicada alfombra.

Entre una y otra cosa, las horas pasan y entre ellas 1, 2 o 3 películas van amenizando la pesadez de la presión en la cabina y el ardor del aire acondicionado al entrar por las fosas nasales para mantenernos con vida. ¿Parece un suplicio? Pues, tan solo es una impresión ante los ojos de quien padece cierto grado de claustrofobia. Al pasar tres horas, el cuerpo parece acostumbrarse, a la quinta nacen los cuestionamientos sobre la hora exacta. Pero en medio del océano, eso es simplemente una locura. Quizás el buen Miles y su saxo puedan descifrarlo.

A cada hora, el mapa parece revisarse solo y en minutos la pequeña del asiento 47B se pregunta si falta mucho. ¡Debe ser un crimen no tener más de 10 juegos en la tableta que le permitan olvidarse de las 5 horas faltantes! Pero es comprensible solo un ser no humano podría no aburrirse sentado más de 10 horas a 37 000 pies de altura en pleno océano Atlántico.

Para el cuerpo esto supone solo de agotamiento y estupor, pero para un espíritu inquieto no es más que una condena. ¿Cómo luchar contra ese impulso de ansiedad que de pronto exige con una expresión de agonizante sed un vaso de agua? Y la aeromoza solo atina a traerlo con cuidado percibiendo la incomodidad. Su mano en el hombro lo comprende y eso es lo maravilloso de su trabajo, mantener el carácter ante estas vicisitudes.

4 Replies to “Claustrofobia”

  1. Me encantó tu crónica de tu viaje anunciado. Es tu primera experiencia tan larga. Pero por tu tenacidad tendrás que acostumbrarte a ellas. Te amo princesa

  2. Entré a leer “No es tu culpa” y terminé enganchado con “Claustrofobia”, así me sentí ayer en la oficina cuando me di cuenta que un informe se volvía interminable, incluso., eso de “…al tomar los cubiertos las manos tiemblan, pero no de miedo, sino del cansancio…”, tal cual me sentí. Bueno, hoy toca descansar y disfrutar de parrilla. Vuelve pronto y comparte con nosotros experiencias únicas de cuestiones cotidianas.

    1. Muchas gracias, Jose. Pronto podremos contarnos más experiencias de aquellas :3 Un fuerte abrazo y saludos a todos.

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