Era un sol benigno, un sol macilento que guardaba en su regazo las tardes de juegos en la calle.”

Nunca había sentido tanto frío en un día tan soleado. Un sol que abrasaba a medias, que hacía cosquillas en los labios y ruborizaba las mejillas blancas. Y le daba otro tono a mi cabello negro que ya no se encogía  ante las bajas temperaturas, sino que se tersaba y veía aún más largo de lo habitual. Me había vuelto a la idea sobre vivir persiguiendo estos inviernos, de someterme de por vida a estas variantes climatológicas. Bien se dice que el limeño es privilegiado por su clima tan perfecto y templado. Pero es precisamente ese clima el que termina siendo tan soso y vago que no corresponde a su gente tan exigente.
En Orlando como en Huaraz, o como en Santiago o en Arequipa, el sol puede estar ahí, aparentemente quemándote y no haciéndolo. Es solo la imitación burda de una suerte de esqueleto en un féretro que pretende engañarte con la presencia de alguien cuando en verdad ya no está. Así se siente perder esa magia otoñal y el vestigio de una primavera. Indeciso en extremo. 

Pero al sol de invierno al que me refiero yace en una suerte de cuento, de historia ficticia, de esas que llegan con la edad en formas de recuerdos de la niñez que no terminan de ser recuerdos, que parecen sueños o ideas. Este sol no era naranja, ni tersaba el cabello, ni lo volvía de negro a castaño, ni le clavaba a las mejillas inyecciones de sangre mientras la piel se carcomía. Era un sol benigno, un sol macilento que guardaba en su regazo las tardes de juegos en la calle cuando aún no se usaba un teléfono para entretenerse, cuando aún estaba de moda jugar a las escondidas o hacer carreras de bicis. Era ese sol de mi recuerdo al que le dedicó esta publicación, porque lo extraño.

Porque con la llegada de este nuevo sol, la vida se hizo más agresiva y más rápida. Porque este nuevo sol se agota rápidamente y pierde la cordura fácil. Porque el sol también ha crecido y ya ha ganado años, que lejos de calmarlo, lo ha llevado a una crisis. El pobre ya no es el mismo sol y aunque lo ilumina todo, también parece que lo quema. Porque aunque parece recién despertarse, ya enciende praderas enteras de un rojo sanguinolento. 

Pero aun sigue siendo el hermoso sol de mis recuerdos. Ese sol de invierno que descansa hoy solo en mi memoria.

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