“Hay quienes preferimos llevar la bomba dentro; que explote para evitar lastimar a alguien.”

Era 2 de septiembre. Como nunca el sol sorprendió a todos después de tantos días grises y fríos. Se supone que empezaría la primavera y parecía que el invierno se rehusaba a partir. Él llegó tarde como de costumbre y las ansias como fuego se avivaban en mi mirada.

El resto fue la desilusión a flor de piel. A los cuatro días de lo que habría sido la cita más adorable del mundo, lo llamé (como siempre) para volver a vernos. Esta vez creí que era el inicio de algo tan hermoso en medio de las depresiones propias de la adolescencia.

No creo que pueda. No te lo había dicho, pero… estoy saliendo con alguien más.

Y así, acabo por definirse que estaba predestinada al desamor. A vivir al margen de ese mundo hoy tan extraño. Desaparecieron las emociones más cálidas que guardaba de ilusión infantil. Se desvanecieron sus caricias y las cosquillas que dejaba en mi piel. La sonrisa se apagó y se hizo pequeñita; casi un esbozo en la comisura de los labios atinó a curvarse.

¡Oh vaya! ¡Qué lindo! No importa. Mucha suerte y espero que te vaya muy bien. – una lágrima cayó por mi rostro y corrí a mi habitación tan pronto como pude. Lloraba todas las noches, pero aquella fue demasiado trágica. Casi me ahogaba en el mar de los te amo que nunca le dije.

¿Desear con rabia lo contrario? ¿Para qué? Desde entonces me debatía entre si volvía a creer en alguien que decía gustarle o si me encerraba dentro de mis propios pensamientos y desórdenes. Pero tras unos años, lo volví a intentar.

Alguien al oír mi historia juró no ser igual. Me llenó la cabeza de ilusión de nuevo y pensé que quizás sería el indicado. Pero ¿quién usaba tu propia vida, tu pasado, tus palabras y tu confianza depositada en contra tuya para herirte? Solo una persona que tampoco podría haberse estimado lo suficiente. Alguien que pedía ayuda a gritos, no una pareja.

Volví a sumergirme en la calamidad. Había aceptado y me caí, de pronto, en una suerte de sueño profundo. Una mañana desperté. Había pasado más de un año y me pregunté mientras estaba frente al espejo: ‘¿qué estoy haciendo?’ Así terminó eso que creía que era amor, pero no fue más que una escapatoria a mí misma, una suerte de capricho.

Amores fallidos, muchos. Aquellos que dejan un sin sabor en la garganta, que te obligan a sonreír y contarlo como algo que ya pasó, pero que, en buena cuenta, solo queda en la pregunta de algunos extraños que se lanzan al azar. “¿Cómo has podido con todo ello y no se lo has contado a nadie?”, y mi respuesta siempre fue la misma: hay quienes preferimos llevar la bomba dentro; que explote para evitar lastimar a alguien.

Han pasado 3 años y ya no hay rastro de ella, pero tampoco de mis emociones. Las he perdido al ritmo de una detonación catastrófica.

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