Volver a escribir siempre es un momento, en extremo, íntimo y cálido. No hay nada como dedicarle unas palabras a ese sentimiento. Y más aún si las ansias de volver a deslizar los dedos entre el teclado o tomar una pluma y dejar que la tinta seduzca el papel se traducen en una melodía de aquel jazz sensual que incita al cuerpo a bailarlo junto a quien se estima con premura. Suave y muy lento.

Así me he sentido en este mes ausente, lejos de este espacio ameno y distante, pero también cercano y provisto de una selva salvaje de gentes dispuestas a arrasarlo. Si el tema les compete o toca, claramente. Lo cierto es que las enfermedades intermitentes y el tiempo que incapacitan a una persona la hacen recapacitar y puede lograr cambiar de un modo u otro su vida, de querer cambiar de aires, de querer seguir el rumbo que creían perdido, pero que ahora se suman en una sucesión de voluntades exactas que proveen de gran felicidad. Y hasta su modo de escribir, si así lo quisiera.

Entre tanto, surgen temas y se interactúa con algunas personas que nunca dejan de aportar algo maravilloso de su naturaleza y que merecen cierto crédito por ello. También, se observan muchas cosas que pueden contribuir a ese texto maravillo que viene maquinándose y, entonces, ¡voilá! Nace un capullito de letras que requieren de un análisis más exhaustivo, pero casi está listo para ser publicado.

Así de bello es volver a verlas regocijantes, unas a otras agrupadas, bailando contentas en filas de tres, cuatro, cinco… ¡un maravilloso párrafo! Y tan sencillo que expresa lo que quiera ser expresado. Por eso siempre es tan lindo volver a verlas juntas, a las letras.

No hay dolor, ni enfermedad que pueda desvincular a un escritor de su escritura. No hay nada más que la muerte, quien, envidiosa, busca arrebatarle la capacidad de seguir soñando e introduciendo a otros a sus propios sueños. Pero, en esta ocasión, ella estuvo lejos de visitarme a mis letras y a mí.

O eso aún creo.

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