¡Cuánto tiempo ha pasado! Ha entrado casi como un tren a la estación, con esa fuerza descomunal, un sentimiento pequeñito de aquellos, que destruye todo a su paso; que no perdona ni tiempo ni espacio. Así suele sentirse un encuentro, así sea del más fortuito al más planeado. Todo tiene un sentido, una mirada en la más vacía soledad que desaparece y se ocupa con otra personalidad.

Así se siente irse y abandonarse a uno mismo, para darle paso a alguien más que cobre tu atención. Porque en un mundo como este es imposible no perderse en otros y ocultar las más bajas pasiones y sentires en una lucha constante por no definirse, porque nunca somos nosotros mismos hasta que sospechamos que hemos vuelto a la soledad. Y es entonces que recobramos la vida y el alma vuelve al cuerpo, la lucidez y el sentido de lo que pensamos, que jamás pasará, que parece un imposible.

Sucede que la he visto. He visto la mirada, los ojos profundos y negros, los lunares, las pecas, aprendí a diferenciarlas unas de otras. Observe el cabello, con menor volumen a cada año, la celulitis sutil en el rostro, la imperfección ciega de la cara completa. Contemple la incongruencia entre un tono de piel: del rostro al cuello, del cuello al pecho; y trate de adivinar si era trigueña, mestiza o blanca. Quizás amarilla por las mejillas naranjas, pero de pronto descubro que es palo rosa y me confundo aún más.

¡Pensé que me había perdido! Hablaba tan alegremente con unos individuos que sospeché que ya no existía hasta que volteé a mirarme al espejo de un vidrio. Así la lucidez volvió a mi y comprendí mi naturaleza. Comprendo aquello que no era, que estaba previendo ser por si me atacaba la ansiedad de las relaciones amicales. Noté la gordura, los años, las miradas de otros ante mi extrañeza. “¿Qué sucede?” Y me pego a ese espejo en ficción, me sumerjo, me encandilo, me beso y me abrazo. Me saludo y descubro que aún no he crecido, que ese otro yo estaba esperándome en mis años más tiernos.

Eso pasa cuando uno se encuentra a sí mismo. Es casi como conocerse de nuevo, pero al antiguo ‘yo’ o ‘ tú’. Así, como si volvieras a ver a un antiguo amigo, pero mientras los años pasan, ya no hay manera alguna de regresar el tiempo perdido y existirán temas aquellos que no podrán compartir. Así, con un recuerdo vago del que alguna vez uno fue, se puede recordar con simple soltura una amistad pasada, un momento de aparente eterna felicidad. Así es volver encontrarse a uno mismo, aunque con gentes o aunque solo.

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