¿Cuántas veces vimos las estrellas? ¿Una? ¿Dos? Cuando niña soñaba con ser una astronauta por unos días y sentarme sobre una estrella fugaz para pasear alrededor de otras estrellas. Y visitar la Luna alguna vez, y verla sonreír cada tanto.

Por supuesto no sabía que éstas imaginaciones solo podían pertenecer a los sueños más ingenuos. Sin embargo, si algo me dejó esa fascinación por lo que veía cuando levantaba mi cabeza, era unos deseos increíbles por manifestar mi palpitar y emoción por este satelite natural, por sus acompañantes titilantes, por una sola idea de lo que podía significar su presencia. La Luna, las estrellas y el infinito universo que nos rodea siempre me ha atraído en niveles exorbitantes.

Alguna vez me pregunté que podría causar tal nivel apasionamiento, que podía hacer que un ser humano se sintiera tan cerca de algo que se encuentra tan lejos. Incluso, sopesé la idea de estudiar una carrera que me permitiera solo verla en cada noche, de vivir en un desierto examinando el cielo estrellado y sus constelaciones más famosas, de recitarle poemas a mis estrellas favoritas, de darme el momento de pensar en su existencia, en la nuestra, en la propia.

Leí un artículo muy interesante de GK, un blog español, sobre aquello que ha impulsado al ser humano a mirar al cielo. Y gran medida tenía razón: cuando un ser humano levanta la cabeza está preparado para realizar cosas increíbles en este mundo.

El autor explicaba que si no fuera por esa fascinacion astral probablemente no habríamos respondido varias preguntas que hoy podrían parecer tontas a simple vista, pero que nos dieron una ruta para comprender nuestro origen.

Cada vez que un ser humano ha alzado su cabeza, ha dicho o hecho cosas fascinantes. Cuando el monje Giordano Bruno lo hizo, a fines del siglo catorce, tuvo una revelación: el Sol, dijo, era simplemente una estrella, entre millones, alrededor de la que giraban otros planetas como la Tierra, y que el Universo contenía un número infinito de mundos habitados: contradijo el modelo copernicano que dominaba la creencia social, impuesta por una Iglesia inquisidora. Pocos años después, en 1609, Galileo Galilei observó la Luna por primera vez a través del telescopio que construyó. No es lisa, dijo, tiene cráteres. Dos siglos después, Giovanni Battista Riccioli y Francesco Maria Grimaldi, le pusieron nombre a esos huecos que nos siguen intrigando. Sus ideas cambiaron la manera en que entendemos el cosmos, ¿qué sería de la humanidad si Bruno, Galilei, Riccioli o Grimaldi hubiesen preferido ver a sus pies y no a las estrellas?

Fuente: La importancia de mirar el cielo

Y aunque muchos de nosotros solo las admiramos a la distancia, en realidad, y podría ser así, nos hacemos sensibles a un llamado heredado en nuestro ADN. Somos parte, al fin y al cabo, de materia estelar. Acaso ¿no es gracias a los asteroides que llegó la vida a nuestro planeta? Pero aunque solo se maneje por una teoría, este planeta, como tal, es un conglomerado exacto de material químico que nos dio origen y el privilegio de existir.

Así, y haciendo honor a ese privilegio, aunque nuestras vidas se vean plagadas de actividades y parezca más interesante mirar el teléfono celular en medio del tráfico, aunque sea solo por un momento, podríamos mirar el cielo y comprender algunas cosas. Si no descubrimos la inmortalidad, probablemente podríamos descubrir algo en nosotros mismos y eso sí es un verdadero gran paso para cambiar el mundo.

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