Los hay anchos, delgados u aguja. Redondos, cuadrados o poco uniformes. De plástico o de corcho, tienen diferentes colores y hasta texturas. Y todos logran un propósito en específico: hacer que nos veamos altas y estilizadas. Los tacos han sido, por años, la manera más sencilla de manifestar la belleza y grandeza de una mujer. Es un símbolo de feminidad que ha logrado, en buena cuenta, demostrar nuestro carácter.

Pero los odio.

Los odio por dejarme marcas en los talones, tener los pies hinchados todo el día, porque no puedo caminar como quisiera con ellos, porque aun así estoy subida de peso y no se me ve diferente. Los odio porque me los han querido imponer desde niña con burdas lecciones sobre cómo debo caminar. Y si el taco no es tipo cuña, simplemente los aborrezco aún más.

Trabajar para un magazine virtual de contenido exclusivo para chicas me llevó a conocer la moda y, en particular, los zapatos de taco. ¿Alguna vez escucharon la frase “la moda incomoda”? Pues, lo cierto es que puede hacer mucho más que eso. Desde graves problemas de espalda hasta desgarros musculares.

Debería estar penado trabajar con ellos. Es triste saber que en lugares como Inglaterra se han tenido que recurrir a discusiones legislativas para que las empresas califiquen a su personal por productividad y no por apariencia. Si bien es cierto, se trata de la imagen de la empresa, pues las mismas deberían considerar que no hay mejor imagen que la salud que proyectan sus colaboradores.

¿Cómo un instrumento usado para las caballerizas llegó a usarse para el día a día? ¡Sabrá Zeus cómo! Evidentemente estamos locos. Pero aún más loco es creer y pretender que las mujeres no nos cansamos de llevarlos puestos todo el día.

Tacos en la playa, en la discoteca, para el trabajo, para ir en moto, en bicicleta. Llevan zapatillas, pero antes de entrar a la oficina, hay varias chicas yendo a cambiárselos. Los puedes vestir con jeans, faldas, palazzos, pero ¿acaso se necesitan para definirse?

Mi madre siempre dice que ella desea ser enterrada con sus tacones. Los ama. Ha estado toda la vida usándolos y no tengo recuerdo alguno de la niñez en la que no la haya visto dejar de usarlos. Solo ahora. Ahora cuando a sus más de cincuenta años un médico le ha dicho que no debe usarlos tan seguido. ¿Porqué esperar esos extremos?

Definitivamente amo mis zapatillas. Aún llevo mis Converse a todos lados sea para ir al trabajo o a las clases de francés. A veces, he escuchado comentarios sobre la edad que tengo y mi calzado. “¿No deberías empezar a usar tacones? Una chica de tu edad no debería andar en zapatillas todo el tiempo. Ya no estás en el colegio.” No voy a decir que no he usado tacos, pero son extremadamente bajos y tipo cuña. Sin embargo, no me definen. Yo no sería yo si no uso zapatillas y si no camino por el mundo en ellas.

Amo mis zapatillas y le digo NO a los tacones. Porque no creo que haya nacido para cumplir un estándar ni tampoco avalar lo que digo con algún ismo. He nacido para que mis acciones hablen por encima de cómo luzco.

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