No creo ser la primera persona que se plantea dudas existenciales en su vida. Somos seres humanos y no es inevitable que pensemos. Es algo que hacemos como respirar, como los latidos del corazón, como muchas de nuestras facultades que nos permiten estar vivos. Por supuesto, existen algunos que las han planteado como algo que no deben exhibir públicamente y al primer atisbo de alguien exhibiéndolas, les parece raro y lo niegan.

Soy una de esas personas que se cuestiona todo en cada instante. No me muero por no saber una respuesta, pero siempre busco informarme y llenarme de cuantas más referencias pueda. Sin embargo, entre esa capacidad de indagación, me di con una pregunta tremenda. ¿Internet me ayuda a pensar?

Vivimos rodeados de ondas electromagnéticas que brindan señales que nos atraviesan y que permiten que nuestra forma de pensar, nuestras opiniones, etcétera, lleguen a diferentes puntos de la ciudad, del país, del mundo. No obstante, ¿en cuánto somos parte realmente de lo que pensamos? ¿Cuánto porcentaje de nuestras ideas somos nosotros mismos en verdad?

Las alternativas del compartir una publicación una y otra vez, por cientos de personas, nos ayudan a hacer de ese pensamiento, extraño y ajeno, parte de nosotros mismos. Y, claro, nos enriquece en cierta medida, pero, tristemente mucho de lo que nos pasa por los ojos se queda en nuestra retina y la copiamos, asimilamos, la adaptamos a nuestra vida, pero no añadimos nada nuevo.

Internet no nos está ayudando a pensar.

Y, lamentablemente, en la medida que existan personas que se inhiban de compartir sus pensamientos y sus dudas, no habrá un enriquecimiento propio de las ideas. Al no incentivarlas, padecemos de un letargo. Internet ha propiciado el escenario perfecto para la cultura de la repetición. “Pienso y digo lo que veo o leo, pero no cuestiono”.

Esta cultura se incentiva gracias a que las personas toman por cierto lo que ven en Internet. Es casi como si este medio se hubiese convertido en una autoridad. “Yo vi en Internet que…” y se prosigue a validar su argumento gracias a ello. Pero eso, en lo más hondo de las cátedras del derecho se llama “ad verecundiam” y es una falacia, una forma de intentar amañar un argumento, hacerlo pasar por cierto basado en quién lo dijo.

¿Habremos personificado el Internet y lo hemos convertido en autoridad de nuestras vidas, de nuestros pensamientos? Aunque no puedo negar la increíble fuente de información que nos provee, también me deja el sinsabor de ver a tantas personas que, de una manera u otra, caen en error de endiosar este medio.

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